El silencio a voces

Nos ponemos en contexto: metro de Madrid, 09:30 de la mañana de la línea 1(una de las líneas más viejas y transitadas a estas horas de la mañana)

El bebé que no puede parar de llorar montado en el carrito, la madre que le grita que se calle y parece que es que no entiende que es un niño y que no va a callarse. El que no se debe haber enterado del inventazo que son los cascos para oír tú música sin molestar al personal. Aquellos que no entienden que SE DEJA SALIR ANTES DE ENTRAR y no ven que por empujarte NO van a llegar antes a su destino. Y para rematar, el hombre de 60 años que embadurna con su perfume a todo el vagón y que hace que te preguntes por qué has desayunado con tanta intensidad si solo con ese olor, ya tendrías el estómago bien lleno para el resto del día.

Y sí, Madrid está siempre enfermo de ruido. Y sobre el ruido quería escribir hoy.

No me ha hecho falta escuchar más la conversación de la pareja que tenía al lado para inspirarme con la entrada de hoy:

Ayer te dije que no podía ir y ahora me dices que no te acuerdas. Últimamente parece que hablo con la pared cada vez que trato que me escuches…

Perdón, perdón, es que ahora mismo con lo del trabajo tengo muchas cosas en la cabeza y se me ha pasado.


Perdón, perdón, perdón… como si con el perdón ya lo tuviésemos todo resuelto.


Hay demasiado ruido y muy poca atención. Y cuánto más ruido, más nos olvidamos de escuchar.


A diario y sin darnos cuenta, nos estampamos y chocamos de lleno con muros que están hechos de personas, que nos exigen su ''superioridad'' y que por supuesto, no escuchan nada que no vaya en su línea ''porque bastante tienen ellos ya''

Normalmente todas ellas, son las que tienen la mente cerrada y las que no admiten ni una réplica porque antes de que tú termines de hablar, ya tienen ellos el as bajo la manga, ese discursito preparado recién sacado de las frases de Facebook, que son muy bonitas pero que no nos aplicamos. Todos comentemos el postureo, el consejos vendo pero para mí no tengo (y sí, aquí todos estamos dentro del saco) 


Hay veces que si no nos paramos a pensar en ello, se nos olvida que todos tenemos dos orejas y una boca y que quizá, a veces estaría bien escuchar más y hablar un poco menos. Pero no.


Todos hablamos y todos necesitamos que nos escuchen, pero 
¿quién lo hace realmente y de corazón? Es difícil si tenemos en cuenta que estamos rodeados de gente que, al igual que tú, necesita ser escuchada. Es difícil si además vemos que cada uno tiene su historia, cada uno tiene su lucha, su verdad, su opinión y su juicio.

En el metro, en casa, en la universidad, en el trabajo o en la calle. En todos los lugares, siempre habrá gente que esté desesperada por encontrar quien le dedique un poco de atención.

Tenemos entonces dos opciones: podemos gritar más fuerte, a ver quién puede más, haciendo ruido hasta que nos escuchen creyendo que esa va a ser la mejor solución, o ser nosotros mismos los que empiecen a escuchar en primer lugar.

Ese ''yo tengo bastante con lo mío ya'' a todos nos ha salvado de muchas. Y sí, a todos. Parece que justifica que no hay nada más allá de las fronteras de nuestras vidas. Y sobre todo, justifica esa maldita manía que tenemos a enfocarnos en nuestros problemas, creyendo que lo que nos ocurre a nosotros es siempre más importante y cuando sobre todo, lo hacemos sin tener ni idea de la lucha diaria que tiene consigo sobre los hombros el que está a nuestro lado.

Aunque a todos nos cueste entenderlo, las responsabilidades que tenemos a diario no son más importantes que saber si una amiga está ilusionada, que saber si una operación de un familiar ha ido bien o enterarte de la batallita que le ha pasado a tu hermana en el trabajo esta mañana.

A veces una lágrima que somos incapaces de ver por el ruido que hay, es mucho más importante que todo el trabajo que tengas que hacer hoy. 
Los ascensos y la fama en el trabajo siempre son de recibo pero, ¿qué son si no tenemos con quién compartirlos?

Cuando la otra persona entiende y siente que te importa lo que le cuentas, le hacemos un regalo a ella y también a nosotros mismos. Porque dicen que saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad, la locuacidad y la laringitis. Y qué cierto. Y lo dice una que tiene por afición favorita echarse amiguitos que discuten por ver quién toma más medicación. 

Vivimos tiempos en los que nos intentamos convencer a nosotros mismos de que estamos hechos de acero y de que nosotros podemos con todo lo que nos venga ''porque somos invencibles''.
Es cierto que hay momentos en los que deberíamos fingirlo, aunque sea solo para que no nos coman los que están arriba. Pero también es cierto que no por eso tiene que ser así permanentemente.

Nunca sabes a quien te estás perdiendo conocer si te cierras por completo a sentir experiencias ajenas. Puede ser justo ese alguien con el que necesitabas compartir tu ruido. 

Porque aunque todos los días, todos los lugares estén contaminados de ruido, siempre habrá personas que convierten todo eso en paz y liberación.




A vosotras, gracias. 

PD: perdona tía Rosario, me falla si pongo la letra grande hoy y he tenido que hacerla pequeñita. 

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