Hoy es uno de esos días

Uno de esos días en los que el cristal del autobús para ir a la universidad ha sido el mejor apoyo.

Es entonces cuando entre parón y parón del conductor (ese conductor al que le debieron de dar el carnet de conducir en la tómbola de su pueblo) aparece la nostalgia, la maldita nostalgia. Y ya, nos ponemos serios.

Cuántas veces la nostalgia arrasa con todo, hace con nosotros lo que le da la gana y parece que jamás nos dejará vivir tranquilos. Se alimenta de años, de daños y por desgracia, al final la conclusión siempre es la misma cuando se va: Envejecemos en una sola dirección, miramos hacia atrás pero no sin olvidarnos de que, al igual que el tiempo, solo tenemos un camino y este va siempre hacia adelante. 

Yo echo ahora la vista atrás y me pregunto qué es lo que ha quedado de nosotros, qué es lo que quedará del niño de la fotografía dentro de 20 años. 

No le vi la cara, pero seguro que como era alemán era rubio y pa' comérselo

Y es que nosotros poco más necesitábamos los días en el parque con las bicicletas con el sol de fondo. Las peleas en el parque con otros niños por ver quién tenía cojones a ocupar ese columpio sin esperar antes 20 minutos de cola y sobre todo, las primeras canciones en la sillita de bebé en los viajes con el coche, mientras que no importaba que la Niña Pastori o Alejandro Sanz estuviesen de fondo a volumen 50 porque ya estabas tú siempre para hacer el acompañamiento con palmas incluidas. Y con esto, poco más necesitábamos para ser felices.

¿Y ahora qué? ¿En qué nos hemos convertido?

Vivimos en un tiempo en el que muchos valoran más una publicación declarándote amor eterno por redes sociales que un tengo ganas de verte así que voy donde estés para reírnos hasta reventar.
Vivimos en un tiempo en el que no tenemos ni idea de a dónde vamos a llegar, pero lo cierto es que todos soñamos con hacer de nuestra vida algo grande, con eso que ahora llaman marcar la diferencia. Y todos, según el empeño que pongamos y según hasta dónde queramos llegar, lo conseguiremos.

Pero ya no somos los mismos, tampoco podemos serlo. Porque pasamos de ser esos niños que solo querían dejar a sus padres boquiabiertos mientras les enseñaban lo bien caminaban a ser aquellos que deciden hacer las maletas con miles de preguntas sin respuesta para marcharse del sitio que los vio crecer. 

Dejando atrás las calles en las que nos pelábamos las rodillas detrás de un balón, los parques en los que dar de comer gusanitos a los patos se convirtió en tu rutina favorita; dejando atrás las farolas bajo las que diste tu primer beso, donde hiciste tu primer botellón o dejando atrás al carnicero que te llamaba sonrisitas todos los viernes por la mañana (Isidoro tendrá unos 50 años, pero a mí sabía cómo hacerme volver a la semana siguiente sin rechistar a mi madre por tener que ir a comprar)

Con un montón de dudas y pocas certezas, te sumerges en las calles de Madrid. La ciudad que no descansa, que se alimenta de sueños y de historias que fueron construyendo tu carácter, tus ideas, tu mala leche, tu forma de pensar, tus ganas de vivir y crecer o incluso tus sentimientos, hasta convertirte en lo que eres a día de hoy. 

De vez en cuando, volvemos a esas calles que nos vieron crecer, en las que fuimos reyes por un día. Y a menudo, hasta una cerveza se convierte en una razón de sobra para encontrarnos y comprobar lo mucho que hemos cambiado y adónde nos ha llevado el futuro.

Pero lo cierto es que da igual lo que creamos, a dónde queramos irnos, que queramos escaparnos a la playa o que necesitemos cambiar de aires; no podemos negar que Madrid siempre formará parte de nosotros porque es allí donde hemos crecido. Y es que lo mismo me pasa contigo.

Todos estamos construidos por instantes que recordamos al echar la vista atrás para ver en lo que nos hemos convertido. Y esto no es el titular de un manual de autoayuda, es lo que es. 
Nuestra vida se compone de momentos, buenos y malos y quizá son estos últimos los que más nos enseñan, pero a la vez los que en un futuro menos recordaremos (supongo que es una de las ventajas de que tengamos memoria selectiva)

Tenemos grabada a fuego la primera mirada, palabra o sonrisa de la chica o el chico por la/el que perdimos los papeles, pero cuando escuchamos de unos labios un me he enamorado de otra persona y me marcho, de esos mismos labios que creíamos casi tangibles, con el tiempo esperamos que estos recuerdos se vuelvan difusos.

Estos recuerdos nos traen las peores de las tormentas y supongo que ahora siempre nos quedará aferrarnos a ese dicho de que después de la tormenta siempre viene la calma y con eso, seguir caminando.

Porque tarde o temprano, sabemos que hasta de la tormenta más hóstil, saldrá el más radiante de los soles. Ese que te deja medio ciego cuando vas en el autobús o en el tren pero al que le tienes que hacer una foto porque con filtros quedará preciosa en Instagram. 

Y yo la primera, que disfruto de los cielos más que un tonto de un lápiz

Y supongo que cuando esa tormenta se marche, estaremos más tranquilos, dormiremos mejor e incluso con un poco de tiempo, podremos añorarla a nuestro antojo, como nosotros queramos.


Pero ninguna ciudad, ninguna experiencia y nadie borrará lo que un día fuimos. El futuro no podrá arrebatarnos lo que fuimos algún día y es cierto que no lo repetiremos, pero tampoco seremos capaces de olvidarlo.

No hay mal que por bien no venga y supongo que por eso he vuelto. Esta vez sin las aventuritas Erasmus, sin ninguna sustituta de Dory y sin beber cerveza o vino sin importar el día de la semana que fuese. 


PD: Gracias a los que lleváis pidiéndome desde que he vuelto que no deje de escribir. En un tiempo volveré a escribir de cosas bonitas, lo prometo. Cosas bonitas como encontrarte con esto un sábado por la mañana.

Eres un crack, Alberto

Quered mucho, todos los días (con sol y con tormenta)





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